MIEDO DA A VECES COGER UNA PLUMA

"Miedo da a veces coger una pluma y ponerse a escribir,
miedo da a veces tener miedo a tener miedo [...]"
Gloria Fuertes

jueves, 18 de mayo de 2017

Por el sol de mayo

Despliegue blanco
Qué somos
Te pregunto hoy
Hoy piedras
Piedras brillantes por el sol de mayo
Quienes somos
Te pregunto ayer
Ayer lluvia
Lluvia con olor a tierra
Y nos mece el viento
Por los cuatro puntos
Nos acaricia la piel
Piel tostada por el sol de mayo
Cuándo somos
Te pregunto mañana
Mañana tulipanes
Yo tulipán que amanece
Aurora rosada
Tú tulipán de la tarde
Casi amapola
Somos primavera que se acaba
Verano que toma vuelo
Floreciendo bajo el sol de mayo

sábado, 13 de mayo de 2017

No es Martirio, es Chavela

Lluvia y luces de colores
Música castiza, copla rebelde
Multitudes con sus trajes de chulapos
Se imprimen con fuego en mi memoria
Sé que no voy a poder olvidar

Pero todo esto me recuerda a casa
Y casa está lejos y también es de colores
Casa tiene música de queja
Música para regodearse en el dolor
No es Martirio, es Chavela

Excesos familiares de letra y canto
El dolor no es templado, sino que quema
Prefiero ser la Llorona que pasar flotando
Son otras melodías que inundan la plaza
Pero entienden igual el dar rienda suelta

Y a mí, que me ha ido subiendo por el pecho
No me queda más que sumergirme
Entrar en contacto absoluto con el llanto
Llanto popular y profuso, llanto propio
Cargado de la pena de siempre echar de menos

domingo, 12 de marzo de 2017

Lo que pidan las flores...

Me has preguntado por qué llueve y te lo digo:
Lo han pedido las flores.
A gritos pedían la lluvia después de tantos días de sol.

Sol, que ahora se esconde.
Si me preguntaras por qué, te lo diría:
Ha sido demasiado.

Sol, sol, sol, sol siete días a la semana.
Sol verano, otoño, invierno.
Empieza hoy la primavera y llueve.

Se colarán todas las gotas.
Se empaparán nuestras conversaciones.
Pero brotarán por fin las flores.


Si entonces tengo que decirte adiós, lo siento.
Será lo que las flores pidan.
Cuando llega su hora, no hay quien se les niegue.

viernes, 23 de octubre de 2015

De volver...

A veces, me sigo sintiendo la misma niña perdida. La niña que se giró para tomarle la mano a su madre y se la tomó a un extraño. Desengaño que llega hasta lo más hondo del pecho. Y como si quemara, el reflejo tardío de intentar soltarme, de gritar, de llorar. Todos esos sueños sobre monstruos tirándome de los pies para impedirme salir a la superficie a respirar.

Dos golpes, despertar, el corazón en los oídos y en las puntas de los dedos. Calla, corazón, no hagas tanto ruido que despertarás los recuerdos. Pensar en volver, siempre pensar en volver. Pero no se puede volver porque no hay nada ahí para nosotros, para los niños perdidos que hemos huido buscando algo más, buscando cualquier cosa, cualquier otra imitación de la vida o la felicidad.


Y, sin embargo, buscar siempre mirando hacia atrás. Buscar algo nuevo en lo que sabemos viejo: un detalle, algo que se nos haya pasado y que nos dé la excusa o la justificación para volver sobre nuestros pasos y decir a los cuatro vientos y al abrazo perdido: me equivoqué.

Por qué las grosellas en verano

A ti, sin esperar nada, pero pidiéndote así todo.

Nos ha caído el verano demasiado temprano. Temprano como aquella mañana en que desenvolviéndome, despegando las sábanas, te dejé y dormías, sin decirte a dónde iba. Ya la luz, aunque sólo empezaba la primavera, quemaba la mirada y yo caminaba por las calles y el pensamiento iba y venía y siempre volvía a ti. Así ese primer alivio de llegar y verte, mientras las nubes blancas entraban por la puerta abierta hacia el balcón.

Qué corta todavía nuestra historia cuando ya ha llegado, falsamente amigable, el verano y lo ha secado todo. Ese incendio que se acerca a lo lejos y del que intentamos huir mientras en mi lengua se quedan las palabras que pretendía decir después, en ese día cuyos frutos se queman ya. Y al mirar hacia atrás, es más bien una ola lo que viene, tira de nuestros talones y nos hace llegar hasta ese mismo fondo salado de las lágrimas que me dices, que me pides, que me recriminas, que me preguntas, que no entiendes y que jamás podré explicarte.

Y yo, que sólo hubiera querido ver los corales y los colores de esa vida a la que no tenemos acceso, ahora me quedé así, de pie en la roca de la falsa seguridad, intentando que la espuma no me seduzca a volver al vaivén de la marea azul, verde y de nuevo blanca como la misma luz de la misma primavera en que todavía bajaban a visitarnos los astros en las noches de humo y campanas, cuando todavía intentaba explicarte lo que eran las grosellas.

Y quisiera decirte que lo siento y que vuelvas, pero sobre mis palabras suena la sal que nos sepulta y al final somos estatuas confundidas. Miramos sólo hacia un lado sin creer en nada más, invadidos por el miedo a que nos deshaga la lluvia templada y nos disolvamos en la nada. Y así crece la distancia y se aferran las raíces entre los frutos del bosque, aunque yo quiera decirte que te quiero.

Tiene la noche un tartamudo

Soñé que ya no me querías.Soñé…
Soñé.
Soñé, Soñe, Soso-so-soñé. 
So
Ñe que ya no me querías.
Pero me quieres. 
Pero me quieres y mis sueños soñé.
Cuando sueño contigo…
cuando sueño de ti y desde ti y hacia ti.
Y soñé. Y sueño y sueñas. Y soñamos. 
Por eso, por eso quise.
Quise que ya no me soñabas.
Quise…
Quise. 
Quise, quisé, qui-qui-se. Quie
Ro. Amé. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

De una carta...

Querido tú:
seguro has estado esperando a que escriba. Sé que has estado esperando a que escriba. No he escrito porque tengo poco o nada que escribirte. Todo lo que pueda decir ya está dicho y con palabras no se borran las palabras. Y con letras no se borra un beso. Este invierno, cuando veas las nubes sobre tu casa, cuando te asomes de noche a la ventana, cuando pelees contra el viento, estarás diciendo todo lo que ya se ha dicho. Recuerda que no hay nada nuevo, ni en ésta ni en ninguna otra carta. Se escribe lo que ya pasó, aún cuando se habla del futuro, sólo se puede escribir de él porque ya no es nuevo, ya se ha pensado, ya se ha vivido de otras mil maneras. Por eso, aunque quiera entregarme al dolor, me está siendo muy difícil sufrir. Si esto nunca ha sido nuevo, hoy lo es aún menos. Menos que menos que menos. Como me he tardado, no sé ya si buscarás mi carta, pero sé que no importa que la encuentres porque tienes otras muchas  cartas en donde todo ya está dicho. ¿Me escuchabas cuando te miraba? ¿Me escuchabas cuando te escuchaba? Y tu pelo, ¿era realmente tu pelo? ¿O de quién era? ¿O quién eres? ¿O quién? Ahora seguramente lo ves más claro, ahora seguramente entiendes mejor eso de que las palabras no cambian nada. Yo aquí, preguntándome si tú eres tú y tú ahí siendo tú todo el tiempo, o al menos sin darte cuenta cuando dejas de ser tú si es que eso sucede. Tú tú tú y tú para ti. Y ahora yo para mí. Yo para yo. Ahora que lo pienso, no estarás entendiendo nada. Ni tú ni yo. Nunca entendíamos nada y por eso ahora estoy escribiéndote una carta que no sé y no importa si te llegará o si la buscarás o si la encontrarás. Y cuando vuelvan las flores todo se habrá ido y eso es trágicamente gracioso, eso es tragicomedia. Más trágico que media. Trágico y media o trágico y medio. Hasta que el trágico se pierde por ahí, en algo más novedoso, y uno se queda con un medio. Un medio indefinido, indefinible; un medio que a veces se estanca e incomoda, pero al que no se le puede hacer nada hasta que vuelva la tragedia -o la comedia, en todo caso. Un caso en el que si me lo preguntan, es peor. La comedia es el día a día, es la costumbre. Es eso que es insípidamente feo y, sin embargo, cuando te vayas llévate todo: llévate tu ropa, llévate tus juegos, llévate tus zapatos y tus libros, pero por favor, no te lleves la costumbre. No te lleves esa hora del almuerzo ni la caminata de las noches a casa porque ¿qué voy a hacer yo con esos espacios tan grises que ahora se quedan en blanco? Y eso es lo terrible, si es que a algo en esta vida ya se le puede llamar terrible cuando en el fondo sabemos que todo es una sátira. Somos una sátira de nosotros mismos y por eso a veces te reías en medio de la decadencia, porque eras capaz de salirte y de vernos desde fuera y éramos sinceramente cómicos, ridículos. Y lo peor o lo mejor es que a veces teníamos la intención de que así fuera, inyectando emociones a nuestras vidas de autómatas para hacerlas más soportables. Las hicimos tan soportables que las volvimos insoportables y ahí se acabó: has tenido que llevarte la costumbre porque era insostenible. Y ahora, como yo, seguro has vuelto al equilibro, a la sostenibilidad. Es también costumbre pero de otro tipo, del tipo de personaje secundario de una novela best seller, donde todos aquellos que no sean el protagonista son extraordinariamente ordinarios. Maravilloso. Y aun así estás esperando mi carta, aunque sabes que te va a sacar de la nueva estabilidad, del espléndido y seguro aburrimiento aunque sea por un rato; y aun así te estoy escribiendo la carta, con el exacto mismo propósito. Soberbio. Tanto saber que las palabras no hacen nada, tanto decirlo,  para que al final nos embarremos en ellas, nos regodeemos en ellas, las abracemos y las consumamos hasta el hartazgo. 

Yo.

P.D.: Y pongo punto porque verdaderamente soy yo, y acabo en mí y acabo en yo y yo y yo. Aclaraciones innecesarias donde las hay.